La hoguera de los presupuestos
Habíamos quedado en que la optimización es, en el fondo, una forma elegante de acelerar el colapso. Si el otro día desollamos vivos a los consultores de eficiencia por su manía de podar lo que ellos llaman “grasa” —sin entender que la grasa es lo único que impide que el sistema se autodigiera—, hoy toca mirar hacia ese cementerio de buenas intenciones que llamamos administración pública. No es una estructura, es un organismo en descomposición que respira a través de tus impuestos.
Nos han vendido la moto de que las instituciones existen para perdurar, como si fueran catedrales de granito diseñadas para desafiar a los siglos. Mentira podrida. Desde el punto de vista de la física, una organización no es más que una estructura disipativa; un remolino que lucha desesperadamente por no ser engullido por el desagüe de la historia, quemando billetes de cincuenta euros para mantener las luces encendidas de una oficina vacía. Creemos que los ministerios son “sólidos”, cuando en realidad son procesos metabólicos ineficientes que transforman el sudor ajeno en papeleo inútil y calor residual. Es un despropósito absoluto que pagamos todos los meses, y encima nos obligan a dar las gracias.
El ruido de la ineficiencia costosa
Para entender la supuesta “permanencia” de un proyecto público, hay que dejar de leer a los teóricos de la gestión y empezar a mirar el saldo de la cuenta bancaria con los ojos de Ludwig Boltzmann. El desorden es gratis, lo regala el universo; el orden, en cambio, sale a precio de caviar en mal estado. Lo que llamamos “cultura organizacional” no es más que el ruido térmico de miles de personas intentando justificar su existencia en una reunión de tres horas que podría haber sido un bostezo compartido. Es el equivalente termodinámico a intentar calentar una sopa soplando una bombilla: una pérdida de energía tan ridícula que solo un burócrata podría considerarla “estratégica”.
El ser humano, en su infinita capacidad para el autoengaño, llama “misión” a lo que no es más que un error de cálculo neuroquímico. La lealtad a una marca o el fervor por el servicio público son simples parches lógicos que nuestro cerebro instala para no admitir que estamos gastando la vida moviendo archivos de una carpeta a otra mientras el café se enfría. Es como la batería de un móvil barato comprado en un bazar: al principio parece que aguanta, pero a los seis meses el sistema operativo se ha vuelto tan pesado que la energía se escapa solo por mantener la pantalla encendida. No se hace nada, solo se existe consumiendo.
Imagina esa misma ineficiencia multiplicada por diez mil empleados públicos firmando por triplicado con un Montblanc Meisterstück cuya tinta vale más que las ideas que plasma. El coste del trazo es real, tangible y obsceno; el valor de lo escrito es pura ficción termodinámica. Ese flujo de dinero no va a ninguna parte, solo sirve para mantener la homeostasis de un sistema que ha olvidado para qué fue creado. Es una fricción constante, un roce de engranajes oxidados que produce ese chirrido insoportable que llamamos “procedimiento administrativo”. Cada sello, cada validación, es un julio de energía robado al contribuyente para alimentar una hoguera que no calienta a nadie.
La exportación del caos al ciudadano
Hablemos de cómo estas estructuras sobreviven tirando la basura al jardín del vecino. Ilya Prigogine, que sabía de esto un rato, nos explicó que las estructuras lejos del equilibrio pueden generar orden internamente, pero siempre a costa de exportar entropía al entorno. Las organizaciones “exitosas” no eliminan el desorden, simplemente te lo lanzan a la cara. Te obligan a ser tú quien rellene el formulario digital ilegible, quien espere al teléfono mientras suena una música de ascensor que desintegra los nervios, quien solucione los errores de un sistema que pagaste tú mismo.
Aquí entra la modernidad de los datos. Se supone que el procesamiento masivo iba a actuar como un demonio de Maxwell, separando el grano de la paja para reducir la entropía. ¡Qué ingenuidad! Lo único que hemos conseguido es que el ruido sea más rápido y exponencialmente más caro. Ahora tenemos sistemas que generan burocracia a la velocidad de la luz, consumiendo gigavatios para decidir el color de un logo o para validar un documento que nadie leerá jamás. Nos hemos rodeado de sillas de oficina ergonómicas de precio astronómico, diseñadas para sostener nuestra columna mientras miramos cómo se agota el tiempo de vida en pantallas de carga. Por ese dinero, la silla debería redactar ella sola los informes de viabilidad, pero no; solo sirve para que estemos cómodos mientras el mundo exterior se desmorona bajo el peso de la ineficacia digital.
Ontología del parásito perfecto
La gran paradoja es que la “perennidad” de lo público no reside en su solidez, sino en su capacidad de ser un parásito termodinámico perfecto. Un organismo que no produce nada tangible, pero que se vuelve indispensable para la distribución del flujo energético del estado. En la era de la computación avanzada, este fenómeno se agrava hasta lo grotesco. Las máquinas no vienen a liberarnos del trabajo, vienen a ocupar el lugar de los antiguos escribas, pero con una sed de energía que derretiría el cerebro de cualquier rey absolutista del siglo XIX.
La realidad es que no existe tal cosa como una “organización sostenible”. Solo existen sistemas que han aprendido a robarle tiempo al futuro con más elegancia que otros. La ontología del presente ya no se define por “ser”, sino por “fluir” sin romperse demasiado. Estamos atrapados en una estructura disipativa global donde la información ya no reduce la incertidumbre, sino que la multiplica, creando un estado de ansiedad perpetua que es, en sí mismo, la gasolina que alimenta el motor del consumo. Generamos caos para vender soluciones que generan más caos.
Me quiero ir a casa, pero incluso el trayecto es una lección de física degradada. Lo que queda, al final del día, no es la gloria de la institución ni la supuesta inteligencia del algoritmo. Es solo el calor latente de un servidor en una nave industrial y el regusto amargo de un café de máquina de pasillo que cuesta tres veces lo que vale. La próxima vez que alguien hable de “legado institucional”, miren el indicador de su batería: la verdad está ahí, en ese porcentaje que baja inexorablemente mientras intentamos convencer al universo de que nuestro desorden tiene algún sentido.

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