La última vez que nos vimos, bajo aquel neón parpadeante que parecía sufrir una arritmia cardíaca, hablábamos de la futilidad de la "eficiencia". Qué farsa. Hoy, tras haber lidiado con la burocracia de la facultad y haber visto cómo el presupuesto para investigación se disipa en cafés aguados y fotocopias que nadie leerá, me doy cuenta de que lo que llaman "bien público" es solo una excusa para no admitir que la sociedad tiene el mismo destino que un filete olvidado fuera de la nevera en agosto. Pidan otra ronda; si vamos a hablar de la decadencia, que sea con la garganta lubricada.
Entropía de la Clase Media
Para el político que busca su próximo ascenso o el CEO que se cree un visionario, la sociedad es una estructura sólida, un edificio de mármol. Para mí, es una sartén de hierro fundido de edición limitada que cuesta un riñón y que, a pesar de su precio absurdo, no puede evitar que la comida se queme si dejas de vigilarla un segundo. Ilya Prigogine hablaba de estructuras disipativas, sistemas que se mantienen lejos del equilibrio devorando energía, pero se olvidó de mencionar con la crudeza necesaria que nosotros somos la grasa que alimenta el fuego.
El "espacio público" no es un foro democrático ni un ágora griega; es un sumidero termodinámico donde tu salario se evapora para mantener las luces de una oficina que ya no debería existir. Mira a tu alrededor: el mercado, la oficina, ese parque donde los niños gritan con una histeria que solo presagia su futuro como esclavos del algoritmo. Todo requiere un flujo constante de dinero, electricidad y frustración humana para no colapsar. La civilización moderna es el equivalente a intentar cargar un teléfono inteligente con la batería tan hinchada que amenaza con explotar mientras vas de pie en un tren con retraso. Gastamos nuestra energía vital en parches tecnológicos, fingiendo que el progreso es algo más que una huida desesperada hacia la muerte térmica del sistema, mientras pagamos impuestos por el aire viciado que apenas podemos respirar.
El Cobrador de Fracasos
Aquí es donde Jacques Derrida entra para escupirnos en el ojo. Su concepto de l’autrui à venir (el otro por venir) no es un invitado distinguido al que recibimos con canapés; es el otro que llega como un cobrador de deudas a las tres de la mañana, cuando no tienes ni un céntimo en el bolsillo. En la gestión pública, intentamos "gestionar" la incertidumbre con aplicaciones estúpidas y bases de datos infinitas, creyendo que si clasificamos el caos, este desaparecerá. Queremos que el futuro sea un paquete de Amazon con seguimiento en tiempo real, pero la realidad es un extraño que te empuja en el metro y te roba la cartera mientras sonríes como un idiota a una pantalla.
La tecnología no es una solución, es una barricada de cristal que se rompe al primer golpe de realidad. Intentamos filtrar el caos con interfaces pulidas y diseños minimalistas, pero el "otro" es ese fallo en el servidor que borra tus ahorros o ese error de cálculo que hace que el techo de tu casa se caiga porque el constructor ahorró en cemento para comprarse un reloj suizo que mide el tiempo de una vida que no tiene sentido. La empatía de la que hablan los gurús de Silicon Valley es solo un glitch en el software, una fluctuación neuronal estadística que nos hace creer que somos algo más que átomos chocando entre sí en una fila interminable para renovar el carné de identidad.
La Gran Disipación
La respuesta técnica a esta crisis es, irónicamente, aumentar la velocidad de la quema. Creemos que si medimos cada gota de sudor y cada pulsación del mercado, habrá orden. Error de principiante. Más información es más procesamiento, más calor, más ruido, más basura. Estamos asfixiando el planeta no solo con CO2, sino con datos inútiles, quemando carbón para que una inteligencia artificial nos diga qué tipo de calcetines comprar mientras nuestras ciudades se desmoronan bajo el peso de su propia burocracia.
Piensen en la cantidad de energía disipada en una sola reunión corporativa: diez personas encerradas en una sala climatizada, proyectando gráficos que nadie entiende, generando calor corporal y mental para llegar a la conclusión de que necesitan otra reunión. Es un crimen termodinámico. La "cosa pública" es hoy un motor de combustión interna que funciona a base de indignación y clics, transformando la energía potencial de la juventud en calor residual de servidores. No hay "nosotros", solo hay una serie de colisiones estadísticas entre gente que huele a ansiedad, desodorante barato y café quemado.
Lo que llamamos "sociedad" tiene la misma consistencia que la espuma de esta cerveza que me estoy bebiendo: parece algo sólido desde lejos, una estructura coherente, pero si intentas apoyarte en ella, terminarás con la cara en el suelo, oliendo a suciedad y derrota. Mañana volverás a tu escritorio a fingir que el "crecimiento sostenible" no es una mentira piadosa inventada por alguien que nunca ha tenido que decidir entre pagar la calefacción o la comida. Yo me quedaré aquí, viendo cómo el hielo se derrite en mi vaso, la única transición de fase honesta que no intenta venderte una suscripción mensual.

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