Siéntate. Y por el amor de Dios, deja de mirar el reloj. Pide otro Rioja, que esta ronda la paga mi incapacidad fisiológica para soportar la mediocridad ajena sin anestesia etílica.
Últimamente, en las juntas de facultad y en esos aquelarres burocráticos que las empresas llaman «reuniones de planificación estratégica», se llenan la boca con la palabra «consenso». Hablan de la esfera pública como si fuera un jardín francés, geométrico, podado y predecible, donde las ideas florecen por generación espontánea gracias al riego del «diálogo constructivo». Qué ingenuidad tan irritante. Trabajar, en el sentido moderno, no es más que el arte de simular que estamos de acuerdo para que el engranaje no se detenga, aunque sepamos que la máquina está oxidada y que el operario al mando se ha quedado dormido sobre el panel de control.
Lo que estos entusiastas del coaching ontológico no entienden es que la sociedad no es un conjunto de personas dándose la mano. Es una variedad estadística. Sí, una estructura matemática donde cada punto no es un ser humano, sino una probabilidad de error. Y lo que llamamos «acuerdo» no es más que un intento desesperado de minimizar la divergencia entre dos distribuciones que, por pura termodinámica, tienden al caos absoluto.
Qué estupidez.
El Matadero del Consenso
Cuando hablamos de «espacio público», la mayoría imagina una plaza soleada con palomas y estatuas de próceres olvidados. Yo prefiero imaginar una variedad de Riemann retorcida. En la Geometría de la Información, no nos importa lo que la gente «siente» —ese residuo biológico llamado emoción que tanto estorba en los modelos—, sino cómo se mueven los parámetros de sus convicciones.
Piensa en esa sala de reuniones. El aire viciado, el zumbido del proyector que nadie sabe apagar, el café frío que sabe a agua de fregar. Cada segundo que pasas ahí asintiendo con la cabeza mientras un tipo con corbata explica un gráfico que no entiende, estás experimentando la fricción de la métrica de Fisher en tu propia piel. La distancia entre tú y ese colega que odias no se mide en metros, sino en la imposibilidad geométrica de que vuestras visiones del mundo converjan sin que uno de los dos aniquile al otro.
Es como enfrentarse a una de esas máquinas expendedoras viejas en una estación de tren abandonada. Introduces el billete de cinco euros, arrugado y sucio, y la máquina lo escupe. Lo alisas contra el borde metálico, lo vuelves a meter, y lo vuelve a escupir. Esa frustración, esa violencia contenida que te dan ganas de golpear el cristal, es la verdadera métrica de la sociedad actual. No hay flujo, solo rechazo y fricción.
La Curvatura del Taco Barato
El problema no es que pensemos diferente. El problema es que el tejido de esta variedad estadística se ha vuelto rígido y quebradizo. En una sociedad sana, la curvatura es baja; las geodésicas —el camino más corto para entenderse— son casi rectas. Puedes viajar del punto A (tu opinión) al punto B (la opinión de tu vecino) sin que el espacio se retuerza. Pero hoy, la curvatura de Riemann de nuestra variedad social está por las nubes.
Imagina que la democracia es un taco de madrugada comprado en un puesto callejero de dudosa higiene. La tortilla de maíz es el consenso social: debería ser flexible, capaz de contener la carne, la salsa y la cebolla sin desmoronarse. Pero nuestra tortilla es demasiado fina, está fría y reseca. En cuanto intentas levantar el taco para darle un bocado —en cuanto intentas ejercer un poco de presión política o social—, la tortilla se rompe por la mitad. La grasa te chorrea por las manos, la carne cae al suelo y te quedas sosteniendo un pedazo de masa inútil mientras te manchas la camisa.
Eso es el espacio público hoy: una estructura que no soporta su propio peso. Y en medio de este desastre culinario y geométrico, intentamos mantener las apariencias. Es como comprarse una pluma estilográfica de resina preciosa y plumín de oro por mil quinientos euros solo para firmar el albarán de entrega de un paquete de folios que nadie va a leer. Es un gesto de una obscenidad estética imperdonable. Gastamos recursos cognitivos y financieros de lujo para validar procesos burocráticos vacíos, mientras la estructura misma de la realidad se nos deshace entre los dedos grasientos.
Vaya pérdida de tiempo.
Termodinámica de la Estupidez
La política se ha convertido en una batalla de termodinámica básica mal entendida. Intentamos forzar el consenso, lo que equivale a intentar enfriar una habitación en verano dejando la puerta del frigorífico abierta de par en par. Solo consigues calentar más el resto del edificio debido al calor residual del motor. Cuanto más «dialogamos» en estos términos, más aumentamos la entropía del sistema.
La «polarización» de la que tanto lloran los analistas de televisión no es un fallo del sistema, es su estado natural de muerte térmica. En términos de información, la sociedad está sufriendo un colapso de sus dimensiones. Ya no hay matices, solo dos picos de probabilidad monstruosos que se repelen. El espacio intermedio se ha estirado tanto que ha desaparecido. Es la misma lógica que el sensor de proximidad de un coche de gama alta que no deja de pitar porque hay una brizna de hierba cerca: ruido puro que el sistema interpreta como una catástrofe inminente.
Estamos operando con la capacidad mental equivalente a la batería de un smartphone de hace cinco años. Marca un 80% de carga, te sientes confiado, y en cuanto abres una aplicación mínimamente exigente —como intentar comprender un argumento contrario—, la pantalla se va a negro. Apagado súbito. Nuestra autonomía para soportar la disonancia cognitiva es nula. Hemos degradado los electrolitos del debate público a base de cargas rápidas de dopamina y descargas profundas de indignación barata.
Al final, lo que llamamos democracia es solo un intento patético de cartografiar un terreno que cambia más rápido de lo que podemos dibujar. Y aquí estamos, discutiendo sobre el color de las cortinas mientras los cimientos geométricos de la realidad se retuercen hasta romperse.
Me pregunto si el camarero aceptaría una explicación sobre la divergencia de Kullback-Leibler en lugar de la propina. Probablemente no. Al igual que el resto de la humanidad, prefiere el intercambio lineal de moneda, ignorando que el valor mismo del dinero es otra distribución de probabilidad que mañana podría colapsar bajo el peso de su propia curvatura.
Pide la cuenta. Es hora de pagar y fingir que este encuentro ha tenido algún tipo de significado estadístico, antes de que yo también colapse.

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