La farsa del sudor

La gran estafa de la modernidad no es el sistema piramidal de turno ni el precio absurdo del aguacate, sino esa insistencia casi religiosa en que el "sudor de la frente" dignifica. Nos han vendido la idea de que somos seres productivos, cuando en realidad, si analizamos la cadena de valor de cualquier oficina promedio, lo que vemos no es creación de riqueza, sino una simple disipación de energía térmica. Trabajamos para consumir el café mediocre de una máquina que huele a plástico quemado, solo para tener la energía de volver a sentarnos frente a un monitor que devora nuestra retina y reseca nuestros globos oculares. Es un ciclo cerrado de termodinámica básica, tan eficiente como un motor de vapor oxidado intentando mover un portaaviones. No hay gloria en el cansancio; solo hay una lenta degradación de la columna vertebral y una acumulación de grasa visceral mientras esperamos que el reloj marque las cinco de la tarde.

Incluso Hannah Arendt, con esa lucidez alemana que te hace querer beber un schnapps a las diez de la mañana para olvidar la estupidez humana, ya nos advirtió sobre la trampa de la Animal Laborans. El problema es que hoy, mientras delegamos nuestra supuesta capacidad cognitiva a esa maquinaria invisible que procesa datos en la sombra, nos hemos quedado suspendidos en un limbo ontológico. El trabajo ya no es una herramienta para construir un mundo, sino un tic nervioso, un espasmo de la red neuronal que se niega a admitir que ya no es necesaria. Somos como pollos sin cabeza que siguen corriendo por el patio de la empresa, creyendo que el movimiento frenético es sinónimo de propósito, cuando en realidad solo somos ruido biológico en un sistema que busca el silencio absoluto de la eficiencia.

Entropía

Desde una perspectiva vulgar, lo que llamas "carrera profesional" no es más que un intento desesperado de limpiar una mancha de grasa en una alfombra que se está quemando. El ser humano se engaña pensando que "gestiona proyectos" o "lidera equipos", pero si despojamos estas etiquetas de su barniz sentimental corporativo, lo que queda es un procesamiento de señales ruidosas. El estrés, esa medalla de honor que los ejecutivos lucen como si fuera una herida de guerra napoleónica, no es más que el subproducto térmico de un procesador biológico —nuestro cerebro— operando a una frecuencia para la cual no fue diseñado. Es el equivalente a intentar freír un huevo sobre una placa base que está a punto de explotar por el sobrecalentamiento.

Es por eso que te gastas una fortuna en una silla de oficina ergonómica que cuesta tres veces el alquiler de tu casa, creyendo estúpidamente que un soporte lumbar de diseño escandinavo va a salvarte de la realidad de que tu vida se consume en celdas de Excel. Te sientas ahí, ajustando la altura con la precisión de un cirujano, mientras tus facturas se acumulan en la mesa y el dolor de cuello te recuerda que eres un primate diseñado para recolectar frutas y huir de depredadores, no para corregir informes de ventas de dudosa procedencia bajo luces fluorescentes. La "dignidad del trabajo" es el parche de software cutre que instalamos para no colapsar cuando nos damos cuenta de que nuestra contribución al mundo es tan relevante como una mosca golpeándose contra un cristal. Gastamos el dinero que no tenemos en objetos que no necesitamos para soportar un empleo que odiamos; es una matemática del absurdo que ni el más sofisticado automatismo podría justificar.

Automatismo

La automatización no es el fin del trabajo, es el fin de la excusa de tu existencia gris. Cuando los procesos de silicio y los cables de fibra óptica gestionen la logística del mundo con una frialdad que tú no puedes alcanzar ni con tres ansiolíticos, te enfrentarás a tu mayor pesadilla: la acción pura. Arendt definía la acción como la capacidad de iniciar algo nuevo en la esfera pública, pero miren a su alrededor. ¿Quién está preparado para eso? La mayoría entra en pánico si no tiene un horario que le diga a qué hora debe odiar su vida. Sin la estructura del "empleo", el ciudadano moderno es como un perro que ha pasado toda su vida encadenado y, cuando finalmente le quitan el collar, se queda sentado mirando el suelo porque ha olvidado cómo se corre tras una presa real.

Estamos tan obsesionados con la productividad que hemos convertido el ocio en otra forma de esclavitud voluntaria. Monitorizamos cada caloría, cada paso y cada latido del corazón con un reloj inteligente de titanio que nos lanza notificaciones pasivo-agresivas si nos quedamos sentados más de media hora. Hemos externalizado nuestra conciencia a un pedazo de metal y vidrio que cuesta lo mismo que la educación primaria de un niño en un país en desarrollo, solo para que una máquina nos diga si hemos dormido bien o si estamos lo suficientemente estresados para ser considerados importantes. No buscamos la libertad, buscamos un capataz digital que nos azote con gráficos de colores y medallas virtuales. Es patético ver a adultos funcionales celebrando que han completado su "anillo de actividad" mientras sus relaciones personales se desmoronan y su capacidad de pensamiento crítico es nula.

Vacío

La verdadera reconstrucción de lo público no vendrá de una renta básica que apenas te alcance para pagar la suscripción de plataformas de streaming que no ves porque te quedas dormido a los cinco minutos. Vendrá de la aceptación traumática de que eres, en gran medida, un excedente biológico. La "actividad pura" no tiene un objetivo métrico; no se puede poner en un informe de rendimiento trimestral. Es el gasto de energía sin retorno de inversión, algo que a la lógica del capital le produce una urticaria insoportable. Es la belleza del error, la ineficiencia del arte o el simple placer de no hacer absolutamente nada sin sentir el látigo de la culpa golpeando tu espalda.

Si las granjas de servidores se encargan de la coherencia logística del mundo, al humano solo le queda la incoherencia de la estética y la política. Pero para eso hace falta una musculatura intelectual que has dejado atrofiar a base de mirar vídeos de quince segundos en el baño mientras esperas que el café te haga efecto. Estamos perdiendo la capacidad de habitar el espacio público sin el escudo protector de una tarea que nos haga sentir "útiles". Si no tenemos algo que "hacer", sentimos que no "somos". Es un error de sintaxis en el código de nuestra civilización, una herencia maldita de la revolución industrial que nos enseñó a pensar en nosotros mismos como piezas de recambio de una maquinaria que ahora, finalmente, nos ha desechado por defectuosos. Al final, este nuevo orden nos devolverá a un estado de naturaleza artificial. Un jardín del Edén donde los cables podan los árboles y nosotros deambulamos confundidos, buscando desesperadamente un formulario que rellenar o una queja que enviar al soporte técnico para sentir que el aire que respiramos tiene algún tipo de justificación económica. Qué espectáculo más lamentable, ver al supuesto rey de la creación suplicando por un poco de esclavitud para no tener que mirarse al espejo y ver el abismo.

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