Topología del Absurdo

¡Camarero! Sí, tú. Llévate esta copa. Este vino tiene el retrogusto metálico de una moneda que ha pasado por demasiados bolsillos sudados, y francamente, mi paciencia ya está lo suficientemente oxidada. Y por el amor de Dios, diles a esos ejecutivos de la mesa de al lado que bajen la voz. Llevan cuarenta minutos discutiendo sobre la «visión estratégica» y el «bien común» con una seriedad que me provoca arcadas. Si supieran que su preciosa «sinergia» no es más que un accidente topológico en una variedad de información mal definida, probablemente se tirarían por la ventana. Pero no, ahí siguen, creyendo que están construyendo el futuro cuando solo están barajando naipes marcados en la cubierta del Titanic.

Es fascinante, en el sentido más mórbido de la palabra, observar cómo el ser humano intenta racionalizar el caos. Nos gusta pensar que el consenso organizacional es un proceso lógico, una línea recta entre un problema y una solución. Qué ternura. En realidad, una sala de juntas es un ejercicio brutal de geometría diferencial en una variedad de Riemann estadística. Cada opinión que sueltan esos trajes baratos no es un argumento; es un punto en una distribución de probabilidad. Y el espacio en el que se mueven no es plano, amigos míos. Tiene una curvatura negativa tan pronunciada que cualquier intento de trazar una geodésica —el camino más corto hacia una decisión— termina desviándose hacia el absurdo por la pura gravedad de sus egos inflados.

Hablemos de esa falacia llamada «interés público» o «consenso de equipo». Es el equivalente sociológico a intentar dividir la cuenta en un bar de tapas un viernes por la noche, cuando uno pidió solo agua del grifo y el otro se bajó tres botellas de Ribera del Duero y una ración extra de jamón que nadie vio llegar. La métrica de Fisher, que en teoría de la información mide qué tan bien podemos estimar los parámetros de un sistema, nos grita que la distancia entre sus posturas es infinita. Pero ellos insisten. Siguen hablando, generando ruido térmico, creyendo que si repiten la palabra «alineación» suficientes veces, las matemáticas se doblegarán a su voluntad. Es como intentar limpiar una pantalla táctil llena de grasa de pollo con los dedos igual de sucios: solo consigues extender la inmundicia hasta que la imagen se vuelve irreconocible.

He visto a hombres adultos, con maestrías y salarios que no merecen, al borde del llanto por la elección del tono de azul en un logotipo corporativo. No entienden que su angustia no es profesional, es geométrica. Están atrapados en una región de alta curvatura donde la información de Fisher se colapsa. El tiempo que pierden no es gestión; es fricción. Y esa fricción genera calor. Mucho calor. Entropía pura que se manifiesta en úlceras gástricas, correos pasivo-agresivos redactados a las tres de la mañana y esa sensación de muerte cerebral que te invade cuando alguien lee un PowerPoint palabra por palabra.

Y luego está el ritual de la firma. El momento cumbre donde formalizan su incompetencia. Me resulta hilarante verlos sacar esos bolígrafos de plástico promocional, mordisqueados y con la tinta seca, para rubricar documentos que nadie volverá a leer. Si vas a vender tu alma a la burocracia fractal, ten al menos la decencia estética de hacerlo con estilo. Quizás si usaran una pluma estilográfica de resina preciosa con plumín de oro, el peso del instrumento en la mano les recordaría la gravedad del error que están cometiendo. O tal vez no. Tal vez solo serviría para que la tinta fluya con la suavidad que les falta a sus neuronas, ocultando bajo un trazo elegante el hecho de que el documento es, en esencia, papel higiénico glorificado. La gente adora los fetiches caros; les ayuda a ignorar que sus manos están manchadas de mediocridad.

Desde una perspectiva termodinámica, una reunión de comité es una máquina diseñada para maximizar la producción de desorden. Para que el sistema alcance ese estado de equilibrio que llaman «decisión», debe expulsar cantidades masivas de entropía al entorno. Por eso salís de esas salas con dolor de cabeza y odiando a la humanidad: sois el sumidero térmico de la organización. El equilibrio de Nash que alcanzáis no es el óptimo social; es simplemente el punto donde todos estáis demasiado agotados para seguir peleando. Es la paz de los cementerios, la quietud de un motor gripado por falta de aceite.

Qué estupidez. Miradlos, sonriendo mientras se dan la mano. Creen que han resuelto algo. No ven que se mueven como partículas brownianas en un fluido viscoso de estupidez colectiva, chocando unos con otros sin dirección ni propósito. La sociedad no es una estructura sólida; es un conjunto de distribuciones de probabilidad solapadas intentando fingir que tienen coherencia. Y yo… yo ya he tenido suficiente de este espectáculo. Me voy antes de que la curvatura de su ignorancia colapse sobre mi mesa y me arruine la noche. Quédate con el cambio, y cómprate un libro de física, a ver si entiendes por qué tu vida gira en círculos.

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