Resulta sencillamente asqueroso observar cómo los parásitos del sector público intentan disfrazar su propia descomposición con términos como "sostenibilidad". No es más que una palabra vacía, un refugio semántico para aquellos cobardes que no tienen el valor de admitir que su gestión es tan útil como un cenicero en una motocicleta. Hablan de infraestructuras resilientes y planes decenales mientras el mundo real, ese que huele a sudor rancio en el metro y a grasa quemada de una freidora de mala muerte, se los traga vivos. La supuesta "gestión" no es más que una coreografía patética en el borde de un vertedero termodinámico.
Si dejamos de lado la arrogancia antropocéntrica de creer que estamos construyendo algo eterno, lo que queda es pura física de barrio bajo. Una organización pública no es un ente sagrado ni una manifestación del espíritu cívico; es un sistema biológico que se muere de hambre. Necesita devorar tus impuestos, tu tiempo vital y tu paciencia solo para que la puerta giratoria del ministerio no rechine demasiado fuerte. Es una estructura que, para no colapsar sobre su propia estupidez, necesita escupir el caos hacia afuera, como quien barre la basura debajo de la alfombra del vecino. Es el mismo principio por el cual esa tortilla de patatas reseca que olvidaste en la nevera acaba convirtiéndose en un ecosistema de moho verdoso: la entropía no perdona, y mucho menos a un funcionario con manguitos que cree que el Boletín Oficial del Estado puede detener el tiempo.
Qué calor tan insoportable hace aquí, y qué mal huele la desesperación ajena.
El caos de la supervivencia barata
La estabilidad institucional es una mentira piadosa que nos contamos para no tirarnos por la ventana al ver el extracto bancario a fin de mes. Desde un punto de vista puramente físico, una institución es un estado de baja probabilidad, un milagro estadístico absurdo que se mantiene en pie a base de café de máquina aguado y mentiras burocráticas. El problema fundamental es que mantener ese "orden" artificial cuesta una cantidad obscena de energía. Si el coste metabólico de mantener el edificio en pie es mayor que el beneficio de que alguien finja trabajar dentro, el sistema entra en una espiral de muerte irreversible. Es como intentar arreglar un grifo que gotea usando billetes de cincuenta euros como si fueran estropajo; una obscenidad funcional.
Observen el comportamiento de cualquier departamento estatal con la frialdad de un forense. No hay "vocación de servicio", eso es poesía barata para campañas electorales. Solo hay un flujo de energía desesperado intentando evitar el equilibrio térmico. Los empleados procesan papeles amarillentos no por el bien común, sino para disipar el estrés de una estructura que se cae a trozos. Cuanto más crece la burocracia, más calor residual genera. Y no me refiero a un calor agradable de hogar, sino a ese bochorno pegajoso y húmedo de una oficina sin ventilación en pleno agosto, donde el aire se siente denso por la incompetencia acumulada. Llega un momento en que la organización consume más energía en justificarse a sí misma mediante reuniones estériles que en poner un maldito ladrillo en una carretera. Es el triunfo de la forma sobre la función, la misma decadencia aristocrática que sientes cuando te sientas en una silla ergonómica de malla pellicle de dos mil euros solo para darte cuenta de que tu espalda sigue doliendo porque tu vida es un error de cálculo y ningún mueble de diseño puede corregir tu columna vertebral torcida por la sumisión.
La entropía de los bolsillos vacíos
La sostenibilidad no es una pradera verde llena de gente sonriente en bicicletas de bambú; es una pelea a navajazos contra el desorden molecular. En un sistema que se desmorona, el orden es un lujo carísimo que ya no nos podemos permitir. Si la tasa de generación de basura administrativa, corrupción de baja intensidad y pura idiotez humana supera la capacidad del sistema para importar información útil, el colapso no es una posibilidad remota, es un destino manifiesto. Es inevitable, tan cierto como el hecho de que esa cerveza barata que te estás tomando se calentará y perderá el gas antes de que termines de leer este párrafo, convirtiéndose en un orín imbebible.
Cuando ves una obra pública parada durante años, con las grúas oxidándose bajo la lluvia ácida, no pienses en "problemas de presupuesto" o "falta de consenso político". Piensa en una transición de fase hacia el desorden máximo. El cemento no se agrieta por el sol, se agrieta porque la voluntad humana que lo sostenía se ha podrido, devorada por los hongos de la inacción. Los seres humanos somos expertos en ignorar la segunda ley de la termodinámica. Nos gusta creer en el progreso lineal, pero el progreso es solo un esfuerzo sisífico y agotador por no rodar cuesta abajo hacia la nada absoluta. Es la misma energía inútil que gastas en intentar convencerte de que tu pareja todavía te soporta, cuando lo único que compartís es el gasto de la luz, el mando de la televisión y un silencio sepulcral durante la cena que pesa más que el hormigón armado.
Disipación y desecho biológico
A veces me pregunto si el ser humano tiene la capacidad cerebral suficiente para comprender que su propia existencia es un gasto inútil de energía, una anomalía que el universo corregirá tarde o temprano. Incluso el amor, ese concepto tan manoseado por poetas mediocres, es una estafa térmica. No es más que una reacción bioquímica, un imperativo hormonal diseñado para que transfieras tu código genético defectuoso antes de que te conviertas en abono para las flores de plástico que nadie pondrá en tu tumba. La lealtad a una empresa, a una bandera o a un gobierno es el mismo error de programación: un mecanismo de defensa primitivo contra el miedo paralizante que provoca saber que el cosmos es un lugar frío, vacío e indiferente a tu sufrimiento.
Preferimos la ficción de un Estado fuerte y paternalista a la cruda realidad de que somos simples sacos de átomos jugando a ser importantes mientras esperamos el siguiente recibo del gas que no podremos pagar. Para que un proyecto sea verdaderamente "sostenible", debería comportarse como un organismo carroñero, capaz de metabolizar el caos y alimentarse de la estupidez ambiental. Pero nuestras instituciones son más parecidas a un viejo motor diésel gripado que escupe humo negro en una carretera secundaria olvidada de la mano de Dios. Intentamos solucionar la ineficiencia sistémica con más leyes y reglamentos, lo cual es tan inteligente como intentar apagar un incendio forestal rociándolo con gasolina premium.
La degradación es el único final posible de la ecuación. Incluso estas palabras, este intento cínico de diseccionar vuestra mediocridad, es una forma de disipación energética. Mis neuronas queman glucosa para escupir estas verdades, y vosotros quemáis los pocos minutos de lucidez que os quedan de vida en leerlas. Al final, no quedará nada más que un rastro de calor residual disolviéndose en el aire viciado. No hay propósito trascendental, no hay futuro prometedor, solo hay una pendiente estadística hacia el silencio absoluto, el equilibrio térmico final donde nadie tiene que rellenar el modelo 303 de Hacienda y nadie espera una subvención que nunca llegará. Mañana volveréis a vuestros despachos de melamina a fingir que vuestros planes estratégicos a diez años tienen algún sentido. Me da risa veros bailar mientras la música se apaga y el suelo desaparece bajo vuestros pies. Es una danza macabra de seres que olvidaron cómo sobrevivir a su propia entropía.
Vaya pérdida de tiempo. Nos vemos en el agujero.

コメント