Sírveme otro orujo, que la realidad se está volviendo demasiado nítida para mi gusto y el hedor a oficina me está revolviendo el estómago. Estábamos hablando la última vez de cómo las organizaciones intentan optimizar el "capital humano" como si estuvieran ajustando las tuercas de un Seat 600 oxidado, pero lo que ignoran es que el trabajo, en su esencia más cruda, no es más que una representación teatral del entusiasmo dentro de una estructura de probabilidad. Nos venden la "vocación" y el "servicio público" como si fueran el Santo Grial, cuando en realidad son simples heurísticas, mentiras piadosas para que no nos demos cuenta de que somos meras variables aleatorias en un espacio que no dominamos, sudando para pagar un alquiler que nunca deja de subir mientras masticamos un bocadillo de calamares gomoso en una pausa de quince minutos que sabe a derrota. Es una comedia, de verdad. Creemos que las empresas evolucionan porque tienen "visión", pero si aplicamos una lente de geometría de la información, lo que vemos es un penoso intento de minimizar la divergencia de Kullback-Leibler entre una realidad caótica de facturas impagadas y un PowerPoint mal diseñado por un imbécil que cobra el triple que tú.
El Teatro
La "utilidad pública" de una empresa es el equivalente corporativo a pedir un menú del día en un tugurio de carretera, recibir un filete duro como la suela de un zapato y esperar que el camarero te trate como si fueras un jefe de estado. Es un constructo sentimental para evitar que quememos los archivos. Desde una perspectiva puramente física, la labor del sujeto en una organización no es más que una disipación de energía metabólica para reducir la entropía local del sistema; es decir, te mueres un poco cada día para que un archivo Excel esté ordenado. Llamamos "progreso" a lo que no es más que un reordenamiento de bits que a nadie le importarán dentro de dos semanas. Es como esa sensación de irritación cuando el mando de la tele no tiene pilas y tienes que levantarte: una pérdida de tiempo estructural. Tu carrera profesional tiene la misma trayectoria que una de esas servilletas de papel de bar que no absorben nada, solo extienden la grasa por toda la superficie hasta que la tiras a la basura, saturada y asquerosa. No hay mística aquí, solo hay glucosa quemada para que un gráfico de barras suba un miserable dos por ciento anual mientras tú te quedas sin pelo y con una úlcera del tamaño de un puño.
La Métrica
Para entender la evolución de una organización, hay que dejar de leer libros de autoayuda para CEOs que huelen a perfume barato y empezar a mirar la métrica de información de Fisher. Imaginemos que el estado de una empresa es un punto en una variedad estadística, un manifold de pura miseria. La métrica de Fisher es lo que nos dice cuán "lejos" está un modelo de negocio de otro, pero en la práctica, esa distancia se mide en los pasos que das hacia el metro mientras te duele la espalda. Cuando una organización dice que está "pivotando", lo que está haciendo es arrastrarse por este espacio geométrico, intentando encontrar un gradiente que no la lleve directamente al abismo de la suspensión de pagos. Es un campo de fuerzas donde cada movimiento cuesta sangre. Aquí entra la belleza de los espacios duales planos de Amari, esa dualidad que explica por qué tu jefe y tú nunca os entenderéis. Él habita en la m-conexión, un mundo de promedios estadísticos, de "masas salariales" y de visiones globales donde tú no eres más que un decimal. Tú, en cambio, estás atrapado en la e-conexión, sufriendo la presión exponencial de los plazos, el calor asfixiante de la oficina en agosto y la realidad técnica que te aplasta los dedos. Son dos mundos que habitan el mismo espacio pero que son duales; nunca se encuentran, son como dos borrachos intentando abrazarse en la oscuridad y dándose cabezazos. Incluso la existencia de ese escritorio de nogal macizo hecho a mano que preside la oficina del director no es más que un intento desesperado de anclar un punto en este manifold de incertidumbre. Esa madera, que cuesta lo que tú ganas en seis meses de humillación, es un tótem de baja entropía, un objeto que pretende dar peso gravitatorio a una posición que, matemáticamente, es tan volátil como un suspiro en un huracán. Es una bofetada estética en la cara del que todavía cree en la meritocracia.
El Vacío
La evolución organizacional no es una mejora cualitativa hacia un futuro brillante, es simplemente una reconfiguración de la curvatura del espacio de información para que el sistema no colapse antes de la próxima auditoría. Cuando una empresa se llena la boca hablando de "responsabilidad social", lo que está haciendo es intentar aplanar su espacio dual para que la información fluya sin resistencia, como quien lija una mesa llena de astillas para no cortarse al apoyar los codos. Pero la termodinámica es una amante cruel que no entiende de marketing: a mayor flujo de información, mayor generación de calor. Ese calor es tu estrés, es el café frío que te bebes a las cinco de la tarde y es la irritación constante de recibir correos un domingo por la noche. El "sujeto trabajador" es solo el portador de la métrica, el sensor que se quema para que el sistema sepa dónde está el límite. No hay épica en el esfuerzo, solo hay un aumento de la temperatura del sistema hasta que se produce la fatiga de materiales. Lo que llamamos "innovación" es simplemente el descubrimiento de un nuevo parche en el código que permite que la máquina siga funcionando cinco minutos más antes de que el motor reviente y nos deje a todos en la calle, con las manos vacías y la mirada perdida.
Me quiero ir a casa, si es que todavía me acuerdo de dónde está.
La geometría no tiene sentimientos y el espacio de Fisher no perdona los errores de bulto. La próxima vez que alguien te hable de "sinergia" en una reunión, imagina una singularidad en un espacio no euclídeo devorando cada hora de tu tiempo libre hasta que no quede nada de ti, salvo una entrada en una base de datos que alguien borrará por error para ahorrar espacio en el servidor. Es lo único honesto que vas a sacar en claro antes de que el camarero te traiga la cuenta, que, por supuesto, va a ser un atraco a mano armada.

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