Siéntese y cállese. No, no se acomode demasiado; esa silla coja es lo único que le corresponde en este teatro de lo absurdo que habitamos. No intente buscarle matices a este vino; es tan barato, ácido y traicionero como las promesas electorales que usted, en su infinita y conmovedora ingenuidad, aún se detiene a leer en los periódicos que envuelven el pescado podrido de ayer. Beba y olvide.
Hablemos de esa farsa grotesca que llaman “gestión pública”. No es más que un intento patético, casi enternecedor si no fuera trágico, de organizar la miseria humana mediante modelos matemáticos que tienen la misma flexibilidad que un bloque de hormigón armado. Las instituciones no “evolucionan” hacia una mayor eficiencia; simplemente se pudren a distintos ritmos, como una pieza de carne olvidada en el fondo de una nevera desenchufada en pleno agosto. La política actual es el arte de intentar pintar una réplica de la Mona Lisa usando un rodillo de pintor de brocha gorda y pintura plástica de oferta del supermercado. Es una carnicería de datos donde la realidad se sacrifica ritualmente en el altar de un Excel que nadie entiende y que, probablemente, contiene errores de fórmula en la celda A1.
La podredumbre de la entropía administrativa
La organización humana es, en su esencia más pura, una batalla perdida contra el moho cerebral y la segunda ley de la termodinámica. Nos inventamos departamentos, subdirecciones, comités de enlace y consejos de expertos como quien intenta achicar agua de un trasatlántico con un dedal de costura oxidado. En la práctica, lo que los sociólogos llaman “burocracia” es simplemente el ruido térmico ensordecedor de miles de funcionarios moviendo papeles de una pila a otra para justificar que siguen biológicamente vivos. Es un sistema con una fricción interna tan salvaje que consume el noventa por ciento de su energía en el simple acto de no colapsar gravitacionalmente antes del almuerzo.
Imagínese intentar conducir un coche con el freno de mano puesto, las cuatro ruedas cuadradas y un motor que solo funciona quemando el sudor destilado de los contribuyentes. Eso es su estado moderno de bienestar. Mire esas “reformas digitales” de las que tanto presumen los ministros en Twitter. Son el equivalente administrativo a una croqueta de bar de carretera a las cuatro de la mañana: por fuera parece dorada, crujiente y prometedora, pero al morderla descubre una masa pastosa, gris y parcialmente congelada que le garantiza una acidez de estómago de tres días. La brecha entre lo que el burócrata proyecta en su pantalla táctil de alta resolución y lo que usted experimenta cuando intenta pedir una cita médica —y el sistema le escupe que “no hay huecos disponibles”— es un abismo insondable. No es un error de sistema; es la propiedad fundamental del sistema. Estamos atrapados en una estructura que tiene la agilidad mental de una piedra geológica y el apetito voraz de un agujero negro que solo acepta billetes de cincuenta euros. Qué asco de existencia, de verdad. Cada vez que alguien habla de “optimización de recursos”, un ángel pierde sus alas y un trabajador autónomo pierde la cordura ante una notificación certificada de Hacienda.
La curvatura del desprecio
Aquí es donde la tragedia se vuelve comedia negra. Esos profetas de la modernidad nos hablan de modelos predictivos y algoritmos estocásticos como si fueran el Oráculo de Delfos reencarnado en silicio, pero en realidad operan en un espacio de decisiones que tiene la misma lógica que un laberinto diseñado por un sádico borracho. Lo que esos monstruos de procesamiento heurístico —evitemos usar sus nombres comerciales para no invocar al demonio— llaman “espacio de Riemann” no es más que la medida científica de cuánto nos pueden exprimir antes de que el tejido social reviente por las costuras.
Para estas máquinas, la “distancia” entre su bienestar y su miseria absoluta es solo una variable de ajuste en una ecuación diferencial que no contempla el precio de la leche, ni el dolor de espalda, ni el hecho de que sus zapatos tengan un agujero en la suela por donde entra el frío de la derrota. El político promedio cree que el mundo es plano, euclidiano, como una mesa de despacho de caoba donde puede mover sus fichas de riesgo. Pero la realidad es curva, traicionera y está llena de baches, como una carretera comarcal olvidada después de una tormenta. Los algoritmos que ahora dictan nuestras vidas no tienen ética; tienen una métrica de eficiencia que ignora el factor humano por considerarlo simple ruido térmico indeseable.
Lo que usted llama “justicia social” es, para el procesador central, un error de redondeo que estorba en la convergencia del gradiente hacia el mínimo local. Es ridículo. He visto a administraciones enteras arrodillarse ante sistemas automatizados que son incapaces de entender por qué una madre soltera no puede pagar el alquiler, simplemente porque el modelo dice que su perfil crediticio diverge de la norma aceptable. Es de una sofisticación técnica insultante, un despropósito estético y moral, como usar una pluma de resina preciosa y plumín de oro para escribir una lista de la compra que solo incluye pan duro y cebollas porque no queda dinero para más proteínas.
El colapso de la cordura estadística
Lo que estamos viviendo es el divorcio definitivo, sin posibilidad de reconciliación, entre la geometría de la gobernanza y la topología de la realidad de a pie. Esos modelos de decisión ya no intentan representar la sociedad; intentan domarla, castrarla, forzarla a entrar en una caja estadística donde todo sea predecible, monótono y, sobre todo, rentable para el operador del sistema. El individuo ya no existe como entidad soberana; solo queda un punto de datos que se arrastra torpemente por una variedad geodésica que le es ajena, tropezando con leyes que parecen escritas en un idioma muerto por dioses que nos odian.
La supuesta “inteligencia” de estos sistemas es tan fría como el mármol de un mausoleo y tan útil como un paraguas de papel en medio de un huracán categoría cinco. Mañana, cuando se despierte con el sabor amargo del café recalentado y la certeza absoluta de que su cuenta bancaria tiene menos vida que un desierto de sal, recuerde que para el sistema usted solo es una anomalía estadística, un outlier que necesita ser corregido o eliminado. El mundo se ha convertido en un manifold de desesperación donde la única constante universal es el aumento inexorable de la entropía y el precio del alquiler en el centro.
La batería de su vida está al 2%, no hay enchufes a la vista y el camarero, que nos mira con el desprecio de quien ha visto demasiados fracasos esta noche, acaba de anunciar que la cocina está cerrada y que se han acabado las tapas. Váyanse todos a paseo; mi paciencia ha alcanzado su límite termodinámico y no pienso recalibrar mis expectativas.

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