La última vez que coincidimos en esta barra, entre el humo y el olor a ginebra barata, discutíamos sobre la elegancia matemática de los sistemas cerrados. Qué ingenuidad. Si dejamos las pizarras y bajamos al fango de la realidad, a esa oficina de techo bajo que huele a moqueta vieja y a desesperación silenciosa, la física se vuelve mucho más sucia. Ustedes lo llaman «carrera profesional»; yo lo defino, con el rigor de quien ya no tiene nada que perder, como una ineficiente orgía de degradación energética.
El Hambre
La termodinámica no entiende de sus ridículos indicadores de rendimiento ni de la misión corporativa que han colgado en el vestíbulo. La Segunda Ley es una sentencia de muerte: el desorden siempre aumenta. Imaginen su jornada laboral no como una sinfonía de productividad, sino como el acto grotesco de intentar comerse un kebab grasiento en medio de un vendaval. La salsa gotea sobre la camisa, el pan se desintegra en las manos y, al final, el esfuerzo por mantener la integridad del alimento supera con creces la nutrición que aporta. Lo único que queda es una mancha indeleble y un profundo arrepentimiento.
Creen que están imponiendo orden cuando clasifican sus correos por colores, pero es una mentira piadosa. Físicamente, lo único que hacen es concentrar una cantidad infinitesimal de estructura en su disco duro a cambio de calentar la atmósfera con su estrés, sus gritos ahogados y el zumbido de los servidores. Por cada celda de Excel que rellenan correctamente, su cerebro ha quemado una cantidad absurda de glucosa y ha generado un ruido térmico que el universo jamás podrá compensar. Somos máquinas térmicas defectuosas diseñadas para convertir café en ansiedad.
La Grasa
Para no colapsar ante la evidencia de nuestra propia irrelevancia, hemos inventado los «flujos de trabajo». No es disciplina, es pánico biológico. El cerebro humano es un órgano perezoso, una masa gelatinosa que busca desesperadamente exportar su caos interno hacia el exterior. Y aquí es donde entra el consumismo como analgésico. He visto a becarios con sueldos de miseria hipotecar su futuro por una silla de oficina que promete salvarles la espalda, como si el soporte lumbar pudiera compensar el peso de una existencia vacía.
Nos rodeamos de tótems de orden: una agenda de piel italiana que huele a riqueza fingida, una pluma estilográfica de precio obsceno que apenas usamos, o esa iluminación minimalista que convierte el escritorio en un quirófano. Son estructuras disipativas. Intentamos drenar nuestra entropía a través de la tarjeta de crédito. Es como intentar perfumar un vertedero en llamas; una distracción costosa para un proceso de putrefacción que avanza inexorablemente. Creen que compran eficiencia, pero solo están pagando por un ataúd más cómodo.
La Quiebra
Pero todo sistema tiene un límite elástico. Cuando el flujo de entrada —las notificaciones constantes, las exigencias absurdas del cliente, el ruido del vecino— supera la capacidad del organismo para disipar el desorden, no ocurre un simple cansancio. Ocurre una transición de fase catastrófica. Ustedes lo llaman burnout con esa terminología suave de recursos humanos; la física lo llama colapso estructural. Es el equivalente biológico a una batería de litio hinchada, deformada por la presión interna, a un milímetro de estallar y prender fuego a todo el edificio.
No busquen consuelo en la «resiliencia», esa palabra maldita que solo significa «capacidad de ser deformado sin romperse… todavía». La realidad es que somos sistemas abiertos que han olvidado cómo cerrar la puerta. Al final, la deuda entrópica siempre se paga. El escritorio acabará sepultado bajo facturas impagadas, la mente se fragmentará en mil pedazos de incoherencia y el cuerpo se convertirá en simple residuo térmico, polvo inerte del que nadie escribirá poemas.
Qué soberana estupidez. Me quiero ir.

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