Este vino de la casa tiene la misma consistencia espiritual que mi última nómina: es aguado, ácido y deja un regusto a fracaso sistémico en la parte posterior de la garganta. Me siento aquí, mirando el fondo de la copa, y no puedo evitar reírme de la farsa que acabamos de dejar atrás en la oficina. Nos pasamos el día hablando de "productividad" y "flujo de trabajo" como si estuviéramos construyendo catedrales, cuando en realidad solo estamos maquillando cadáveres para que parezcan vivos antes de la reunión de las cinco. Todo ese teatro corporativo no es más que un intento patético, casi infantil, de negar la realidad física más brutal: que somos sacos de carne luchando contra la putrefacción.
La ciencia, en su infinita arrogancia, lo llama termodinámica de no equilibrio. Yo lo llamo la gestión del desastre. Ustedes, con sus trajes mal planchados y sus miradas vacías, se creen sistemas organizados. ¡Ja! Somos estructuras disipativas, amigos míos. Existimos solo porque consumimos energía y cagamos entropía. Y esa obsesión moderna por el "Inbox Zero", por tener el escritorio limpio como la mesa de una autopsia, es simplemente un miedo neurótico a la muerte. Un escritorio perfectamente ordenado es un cementerio. No hay vida ahí. Solo hay un vacío gélido y estéril, similar al cerebro de un gerente de recursos humanos.
Es gracioso ver cómo intentan comprar esa sensación de control. Se gastan el sueldo de un mes en una de esas agendas de cuero italiano hechas a mano, pensando que el papel de alto gramaje va a absorber la mediocridad de sus vidas. Pero cuando abres esa tapa, y escuchas el crujido de la piel —que suena sospechosamente como un animal quejándose—, lo único que haces es escribir "Llamar a López" con una caligrafía temblorosa. Anotas banalidades en un objeto de lujo, esperando que la forma salve al contenido. Pero no lo hace. La entropía se ríe de tu cuero toscano. El caos se acumula en los márgenes, en las manchas de café, en el olvido deliberado de las tareas que realmente importan.
Y ahora, para colmo de males, tenemos a la Inteligencia Artificial. Todos la adoran como si fuera el nuevo mesías de silicio. ¿Saben lo que es realmente la IA? Es un demonio termodinámico, una lavadora glorificada que separa la ropa blanca de la de color sin entender qué es una mancha. Nos venden que nos va a liberar de las tareas repetitivas para que podamos ser "creativos". ¡Qué estupidez! Las tareas repetitivas eran nuestro refugio. Eran el único momento del día en que podíamos desconectar el cerebro y babear un poco mientras alineábamos celdas en Excel.
La eficiencia de la máquina nos ha robado esos pequeños placeres sucios. Nos ha quitado los quince minutos que pasábamos en el baño fingiendo cagar solo para leer las noticias deportivas, o el placer culposo de alargar la hora del almuerzo para engullir un taco grasiento y barato en la esquina, sintiendo cómo el colesterol nos acaricia el alma. La IA elimina esa fricción. Enfría el sistema. Convierte la oficina en un lugar silencioso, donde solo se oye el zumbido del aire acondicionado roto y el tecleo frenético de personas aterrorizadas por ser menos útiles que un script de Python. Nos están convirtiendo en resistencias eléctricas; disipamos calor, nos quemamos, y no generamos ni un maldito vatio de luz.
El verdadero valor, si es que queda algo de eso en este vertedero económico, no está en el orden. Está en la mugre. Está en el error. Prigogine, que probablemente bebía mejor vino que este vinagre, sabía que el orden nace de las fluctuaciones. De los fallos. Lo que ustedes llaman "error humano" es en realidad la única fuente de novedad en el universo. Una hoja de cálculo perfecta es un documento muerto. Pero una hoja de cálculo donde alguien, por culpa de una resaca monumental, introdujo un cero de más y accidentalmente descubrió un desfalco o inventó una nueva estrategia de precios… eso es vida. Eso es una bifurcación evolutiva.
Pero claro, nadie quiere admitir que el éxito es hijo del caos. Prefieren sentarse bajo una lámpara de diseño escandinavo de tres mil euros, dejando que esa luz clínica y perfecta rebote en sus frentes sudorosas. Creen que los fotones caros van a penetrar en sus cráneos y reordenar las neuronas fritas. Es un espectáculo lamentable. Esa lámpara no ilumina tu genialidad; ilumina, con una claridad cruel y quirúrgica, el vacío absoluto de tu escritorio y la irrelevancia de tu próximo informe trimestral. Es un faro que alumbra la nada.
Así que dejen de intentar ser máquinas. Las máquinas nos van a ganar en ser aburridas. Nosotros somos el ruido. Somos la grasa en el engranaje, el grito en la biblioteca, la mancha de vino en la camisa blanca inmaculada. La evolución no premia al que se mantiene en equilibrio; el equilibrio es la muerte térmica, es la temperatura ambiente, es ser un cadáver. La evolución premia al que se aleja del equilibrio, al que se tambalea al borde del abismo y, por pura casualidad, aprende a volar mientras cae. O al menos, aprende a caer con estilo antes de estrellarse contra el suelo.
Camarero, la cuenta. Y espero que no me cobres este vino como si fuera sangre de unicornio, porque juro que sabe a batería de coche vieja.

コメント