La supuesta «eficiencia organizativa» es, si me permiten el cinismo, la tomadura de pelo más costosa de la historia de nuestra especie. Nos encerramos en cubículos de pladur, bajo luces fluorescentes que parpadean con la misma frecuencia que nuestras migrañas, para discutir sobre la «misión pública» y la «sinergia corporativa». Es un espectáculo lamentable. Intentar imponer orden en una institución humana es como tratar de reparar una tubería reventada usando lonchas de jamón serrano de oferta: sucio, ineficaz y estéticamente repulsivo.
Observen a sus compañeros de oficina. Ese teclear frenético, ese ir y venir con papeles que nadie va a leer, no es producción. En términos estrictamente físicos, es ruido térmico. El oficinista moderno es un dispositivo biológico ineficiente diseñado para convertir café de máquina expendedora en frustración y calor residual. Nos convencemos de que estamos construyendo la sociedad, pero en realidad solo estamos acelerando la muerte térmica del universo con cada reunión que podría haber sido un correo electrónico.
¡Qué estupidez!
## Entropía
Para comprender por qué su lugar de trabajo se siente como un vertedero de ambiciones fallidas, debemos dejar de lado los libros de autoayuda empresarial y abrir los de termodinámica. Una organización es, por definición, una estructura de baja entropía. El orden —ese estado alucinatorio donde los presupuestos cuadran y la gente no se grita— es una aberración estadística. Lo natural, lo que el universo desea con lujuria gravitacional, es el caos. Es la mancha de café que se expande irreversiblemente sobre su camisa blanca minutos antes de una presentación.
Mantener ese orden artificial requiere una inyección monstruosa de energía. En física lo llamamos trabajo; en la vida real lo llamamos «vender el alma por una nómina». El sistema lucha constantemente por desmoronarse. Es la misma sensación que uno tiene cuando estrena unos zapatos de ante y, a los cinco minutos, mete el pie en un charco de agua sucia y aceite de motor. Esa degradación es instantánea, irreversible y humillante. La «gestión pública» no es más que el intento desesperado de secar esos zapatos con un secador de manos que apenas funciona.
Incluso nuestros intentos de domesticar la temporalidad son patéticos. Nos atamos a la muñeca un [bloque de acero y cristal absurdamente pesado](https://www.amazon.es/dp/B000GAYQKY) que cuesta lo que una familia gasta en comida en medio año, bajo la delirante pretensión de que, al medir los segundos con precisión suiza, de alguna manera controlamos el flujo de nuestra propia decadencia. Spoiler: no lo hacemos.
## Disipación
Aquí es donde la farsa se vuelve trágica. Ilya Prigogine nos enseñó que las estructuras disipativas pueden mantener su orden interno solo aumentando el caos en su entorno. Una oficina gubernamental o una corporación multinacional no son templos de la razón; son motores de combustión de dignidad humana. Para que un solo expediente sea aprobado, se ha tenido que generar una cantidad de entropía social equivalente al olor rancio y ácido que emana de un sobaco ajeno en un vagón de metro abarrotado en pleno agosto. Esa es la verdadera «huella» de la organización.
Piensen en el coste energético de la burocracia. No hablo de dinero, hablo de física. Piensen en los millones de diodos LED parpadeando en servidores vacíos a las tres de la mañana, consumiendo electricidad generada quemando fósiles antiguos, solo para mantener encendida una base de datos llena de informes de cumplimiento que nadie ha abierto desde 2008. Es una obscenidad termodinámica. Estamos evaporando el agua que beberán nuestros nietos para alimentar el aire acondicionado de salas de juntas donde se deciden estrategias para «optimizar recursos».
Me quiero ir a casa.
La «utilidad pública» es un eufemismo para describir el proceso de filtrar el caos a través de una malla de procedimientos administrativos tan densa que nada útil logra atravesarla. Lo único que pasa es el calor. El sistema existe para perpetuarse a sí mismo, quemando talento humano como si fuera carbón barato en una caldera victoriana. Cada vez que usted rellena un formulario por triplicado, está participando en un ritual de sacrificio energético cuyo único propósito es demostrar que el sistema todavía respira, aunque sea con respiración asistida.
## Teleología
Entonces, ¿cuál es el fin último (*Telos*) de todo esto? Si aceptamos que el trabajo moderno es simplemente la gestión de un desequilibrio termodinámico, la noción clásica de «labor» queda sublated, un *Aufheben* hegeliano hacia la irrelevancia absoluta. Ya no transformamos la materia; simplemente administramos su podredumbre. El trabajador del conocimiento no es un creador, es un conserje del caos informativo.
Los algoritmos y las redes de procesamiento masivo no están aquí para ayudarnos; están aquí para revelar nuestra obsolescencia. Ellos procesan la entropía sin quejarse y sin pedir bajas por depresión. Nosotros, en cambio, somos el error en el circuito, el ruido en la señal. Nuestra única función remanente es servir de sensor biológico, detectando anomalías que la máquina aún no comprende, mientras nos aferramos a un [tablón de madera pretencioso con patas motorizadas](https://www.amazon.es/dp/B08C2B8Z8D) —un altar de tres mil euros al sedentarismo— esperando que el servidor nos devuelva un «OK» para sentir que nuestra existencia tiene algún propósito validador.
No hay lección moral aquí. Somos fluctuaciones temporales en un universo que se enfría inexorablemente. Sigan moviendo papeles si eso les hace sentir importantes, pero sepan que la termodinámica no negocia, no atiende reclamaciones y, desde luego, no lee sus informes trimestrales.

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