Geometría Terminal
Míralos. Son las nueve y cuarto de la mañana y el aire en la sala de juntas ya huele a una mezcla rancia de café de máquina, desodorante caro y ese aliento inconfundible de la ambición barata que no se ha cepillado bien los dientes tras un desayuno apresurado. Observo al director de marketing, un tipo que probablemente ha pagado su máster con la misma tarjeta de crédito que usa para invitar a copas que no puede permitirse, y veo migas de cruasán en la comisura de sus labios mientras gesticula frente a una proyección de ventas trimestrales. Cree sinceramente que está decidiendo algo. Cree que su “visión estratégica” es un vector de fuerza en el universo. Es de una ternura que me revuelve el estómago.
Lo que ocurre en estas salas acristaladas, herméticamente cerradas para que no entre ni el oxígeno ni la realidad, no es la gestión del destino humano ni corporativo. Es un teatro de marionetas termodinámico. Nos han vendido la idea de que la democracia, ya sea en un parlamento o en un consejo de administración, es el triunfo de la voluntad racional. Mentira. Es pura física estadística de la peor especie. Cada individuo aquí sentado no es un agente libre; es una distribución de probabilidad con patas, un cúmulo de sesgos cognitivos y miedos freudianos que intenta minimizar su propia energía libre variacional.
Y para soportar esta farsa, necesitamos atrezzo. Nos acomodamos, o más bien nos encadenamos, a una silla de oficina de diseño ergonómico, un artilugio de piel italiana y aluminio cepillado cuyo precio obsceno sirve únicamente para sostener la columna vertebral de quienes carecen de espina dorsal moral. Es fascinante cómo un objeto puede ser tan cómodo y tan opresivo a la vez; una cuna de lujo para la inacción, diseñada para que el trasero de la incompetencia no se entumezca mientras el cerebro se atrofia lentamente.
La curvatura de la estupidez
Si tuviéramos la decencia de aplicar el rigor matemático a este absurdo, veríamos que el “consenso” no es un punto de encuentro, sino una geodésica en una variedad estadística Riemanniana. Aquí es donde la Geometría de la Información deja de ser una abstracción académica para convertirse en una condena existencial. Imaginemos que todas las opiniones posibles en esta sala forman una superficie curva, un paisaje montañoso invisible.
La métrica de Fisher, ese concepto que los físicos usan para medir la cantidad de información que una variable observable lleva sobre un parámetro desconocido, aquí se convierte en la métrica del pánico. Nos dice cuán sensible es el grupo a un cambio de opinión. En una organización sana, la métrica de Fisher debería ser alta; un argumento sólido debería desplazar el sistema, debería provocar una reacción. Pero miren a su alrededor. Los ojos vidriosos, el asentimiento rítmico, el miedo a destacar. En nuestra burocracia moderna, la variedad estadística es plana, muerta, estéril. Podrías proponer prenderle fuego al edificio para ahorrar en calefacción y la respuesta del sistema sería un murmullo de aprobación y una nota al pie en el acta de la reunión.
La distancia estadística aquí no se mide en divergencias de Kullback-Leibler, se mide en unidades de desesperación cotidiana. Es la misma distancia insalvable que existe entre el saldo de mi cuenta bancaria el día 25 del mes y el alquiler que me exige el casero. Un abismo que ninguna retórica de “team building” puede cruzar.
Entropía y croissants
Lo que llamamos “voluntad popular” o “estrategia corporativa” es simplemente ruido térmico intentando hacerse pasar por una señal coherente. Es como intentar escuchar una sinfonía de Mahler en medio de una obra en construcción donde todos los obreros están martillando al azar. El sistema busca, por pura inercia, un estado de máxima entropía donde nadie tenga la culpa de nada. La curvatura del espacio de decisiones es tan negativa que cualquier intento de lógica diverge hacia el infinito antes de que alguien pueda terminar su frase.
Es como intentar cocinar una paella para doce personas donde tres son celíacos, dos veganos, uno odia el arroz y otro tiene una alergia mortal al color amarillo. El resultado no es comida; es un compromiso gris, una masa informe de nutrientes procesados que no ofende a nadie pero que no alimenta a nadie. Eso es lo que estamos haciendo aquí a las diez de la mañana. Cocinar la nada absoluta a fuego lento.
Me pregunto si el camarero que me servirá el vino esta noche —porque necesitaré vino, mucho vino, para borrar el recuerdo de estas corbatas— entiende que él también es una variable en un modelo econométrico fallido. Probablemente sea más feliz que yo. Al menos él sabe que cuando se rompe un plato, se recoge con la escoba. Aquí, cuando se rompe la lógica, se asciende al culpable y se le compra una mesa más grande.
Qué pereza me da todo. Me duelen los ojos de ver tanta rectitud fingida.

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