Recordando nuestra última charla sobre la futilidad logística —ese ballet de contenedores oxidados que cruzan el océano solo para que un adolescente en Ohio reciba un juguete de plástico dos horas antes de aburrirse de él—, mi mente, quizás por un mecanismo de autolesión, derivó hacia algo aún más grotesco: la «voluntad popular». Sí, ese concepto romántico que los políticos y los directores de Recursos Humanos agitan como si fuera una verdad mística, cuando en realidad no es más que un problema mal planteado de geometría diferencial sobre una superficie cubierta de mugre.
Ficción
Nos gusta creer que el «consenso» es un punto de llegada, un oasis ético donde las almas se encuentran. Qué ternura. En realidad, lo que llamamos Contrato Social no es un pergamino iluminado por la razón; se parece más al silencio tenso y pegajoso de un vagón de metro a las ocho de la mañana, donde el aire es una sopa de desodorante barato, halitosis de café quemado y la hostilidad pasiva de cien cuerpos que intentan no tocarse. Eso es la sociedad: una métrica de Riemann aplicada a una variedad estadística de aversiones mutuas.
Desde la perspectiva de la geometría de la información, el consenso no es la armonía de las mentes, sino simplemente el punto de mínima información mutua donde los participantes han dejado de luchar por puro agotamiento termodinámico. Es como intentar repartir una ración de patatas bravas aceitosas y frías entre doce personas hambrientas: al final, nadie come lo suficiente para nutrirse, pero todos están demasiado cansados y manchados de grasa para seguir protestando. Lo que llamamos paz social es, en esencia, una indigestión colectiva.
Qué asco de vida.
Curvatura
Imaginen que intentan alisar una sábana de seda sobre un vertedero de escombros. Eso es la gestión pública. La métrica de Fisher nos dice cuán «lejos» está una opinión de otra, pero en la práctica, esa distancia no se mide en radianes ni en kilómetros, sino en la misma ansiedad visceral que sientes en la cola del supermercado cuando te das cuenta de que te faltan veinte céntimos para pagar la leche y la cajera te mira con el desprecio de un verdugo medieval. La curvatura escalar de nuestro debate público es tan cerrada que la lógica se colapsa en singularidades de pura histeria.
Para ocultar esta deformidad estructural, nos rodeamos de tótems de solidez. Nos aferramos a objetos físicos con desesperación, creyendo que su peso nos anclará en la realidad. Veo a ejecutivos firmando despidos masivos o acuerdos vacíos empuñando una Montblanc Meisterstück de resina preciosa, como si el acto de deslizar un plumín de oro sobre el papel pudiera otorgar alguna dignidad ontológica a la mentira que están rubricando. Es patético. Gastamos fortunas en instrumentos de escritura para redactar nuestro propio testamento espiritual, sin darnos cuenta de que la tinta se corre antes de secarse, mezclándose con el sudor frío de nuestras manos.
Entropía
El problema de fondo no es ideológico, es biológico. El cerebro humano no está diseñado para la verdad estadística; es un órgano húmedo y ruidoso, evolucionado para detectar tigres en la maleza, no para resolver ecuaciones no lineales de bienestar común. Lo que llamamos «empatía» es a menudo un fallo de sincronización en los osciladores neuronales, un ruido térmico en el cableado de la corteza prefrontal que confundimos con virtud.
Una reunión de comité para «alinear visiones» es termodinámicamente indistinguible de un alcantarillado atascado: un flujo turbulento de residuos cognitivos que se acumulan hasta que la presión revienta las tuberías. No estamos construyendo nada; solo estamos aumentando la entropía del sistema, quemando glucosa y paciencia para generar calor residual. El acuerdo final es simplemente el estado de muerte térmica de la creatividad, el momento en que ya no queda energía libre para disentir.
Maldita sea, necesito un trago.

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