Orden Cadavérico

Siéntate y deja de farfullar sobre la “visión estratégica” de tu empresa. Pide otra bebida y cállate un momento. Es fascinante, casi cómico, ver cómo vosotros, pequeños sacos de carne y ansiedad, creéis haber inventado la rueda con vuestros diagramas de flujo y vuestras reuniones de “team building” a las ocho de la mañana. No habéis creado nada. Lo único que estáis haciendo es luchar, con una desesperación patética, contra la Segunda Ley de la Termodinámica. Vuestras preciadas organizaciones no son monumentos al ingenio humano; son estructuras disipativas que chupan energía como parásitos cósmicos solo para mantener una ilusión de coherencia antes de convertirse, inevitablemente, en polvo.

Putrefacción

Hablemos de la entropía, esa bestia que duerme debajo de tu cama y se esconde en los balances trimestrales. No es un concepto abstracto de un libro de física teórica; es el olor rancio a comida podrida en una nevera que lleva días desenchufada. Es el destino final inexorable de todo lo que tocas. Tu carrera, tu departamento, esa relación que intentas salvar con cenas caras… todo tiende al desorden, al fango homogéneo y frío.

Cuando tu jefe habla de “consolidación” o “madurez corporativa”, lo que realmente ocurre es que la organización está acumulando residuos térmicos a un ritmo alarmante. Es como dejar un plato de sobras al sol de agosto: al principio tiene forma, pero si no intervienes con una violencia energética constante, la biología se hace cargo y lo convierte en una masa irreconocible de lodo bacteriano. Vosotros intentáis tapar este hedor inevitable comprando objetos que gritan permanencia y control. Te compras una agenda de piel de becerro de primera calidad, anotas en ella fechas límite que no significan nada y planes quinquenales que jamás se cumplirán, creyendo estúpidamente que el tacto suave del cuero y el papel satinado van a detener la descomposición de tu realidad profesional. Pero no es más que rociar perfume caro sobre un cadáver.

Explotación

Ilya Prigogine nos regaló el concepto de “estructura disipativa”, pero los gurús de negocios lo han convertido en una excusa para la mediocridad sistémica. Una organización viva es, por definición, un sistema inestable que necesita devorar el entorno para no colapsar sobre su propio peso. No es “sinergia”, es canibalismo energético. Para que tu oficina tenga aire acondicionado y una falsa sensación de paz, se necesita quemar combustibles fósiles, explotar recursos y triturar la salud mental de una legión de becarios mal pagados.

Es un espectáculo lamentable, similar a un coche viejo con el motor gripado que consume más aceite que gasolina, escupiendo humo negro mientras el conductor sonríe fingiendo que va a algún lado importante. Invertís millones en “capital humano” y tecnologías que quedan obsoletas antes de sacarlas de la caja, todo para mantener el sistema lejos del equilibrio térmico un día más. Y en medio de ese incendio de recursos, ahí estás tú, sentado como un rey de la nada en una silla de oficina ergonómica de diseño exclusivo que cuesta más que el salario anual de un obrero. Crees que ese soporte lumbar te salvará, que te da estatus, pero desde la perspectiva fría del universo, solo eres una pieza de carne que se oxida, sostenida por un mueble pretencioso mientras el barco se hunde. Esa silla no amortigua el golpe de la realidad; solo hace que la caída hacia el caos sea ridículamente cómoda.

Simulación

Lo que llamáis “orden público” o “cultura corporativa” no es más que una alucinación colectiva, un teatro mal ensayado en un vagón de metro abarrotado donde todos fingen no odiarse mientras se pisan los pies. La negentropía —ese orden que importáis desesperadamente— es un acto de violencia. Para crear una isla de orden pulcro en tu despacho, tienes que exportar el caos a otra parte. La limpieza de tus calles se paga con la basura tóxica en el patio trasero de otro país. La eficiencia de tu empresa se paga con la úlcera de estómago de tus empleados.

No hay moralidad en la termodinámica, solo transferencia de desorden. “Sostenibilidad” es el chiste más gracioso que se ha contado jamás en una sala de juntas. Mirad vuestros bolsillos. El dinero no es más que una ficha de cambio por entropía desplazada. Y para firmar esos acuerdos que garantizan vuestra supervivencia parasitaria un día más, sacáis del bolsillo esa pluma estilográfica Montblanc con incrustaciones de platino. Un instrumento precioso, sí, una joya de la ingeniería, pero su única función real es trazar líneas de tinta que delimitan quién se queda con la energía útil y quién se tiene que tragar la basura. Es el cetro de un rey necio que gobierna sobre un reino de cenizas.

El orden es una anomalía estadística, un suspiro breve antes de la asfixia final. Disfrutad de vuestras estructuras, de vuestros cargos inventados y de vuestros juguetes caros. El universo tiene una paciencia infinita y acabará cobrándose la deuda termodinámica que estáis acumulando con intereses usureros. Ahora, lárgate. Tu sola presencia está elevando la temperatura de mi cerveza y acelerando mi propia entropía. Fuera.

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