Geometría Grasienta

Dejen de mirar sus teléfonos y miren al suelo. No, no al parqué flotante de sus hipotecas a treinta años, sino al suelo de este antro. ¿Ven esa capa translúcida de aceite, cabezas de gamba y servilletas usadas que cubre las baldosas? Eso, mis queridos ingenuos, es la verdadera estructura del mercado laboral. Olviden las líneas rectas y los ascensos meritocráticos que les vendieron en la facultad. La carrera profesional no es una escalera; es una variedad de Riemann, una superficie curva y traicionera, idéntica a este suelo pringoso donde la distancia más corta entre dos puntos es un resbalón que te rompe la crisma.

Hablemos de geometría diferencial con un poco de honestidad brutal, que la ginebra ya me está haciendo efecto. Ustedes creen que aprender una habilidad es acumular conocimientos, como quien apila ladrillos. Qué ternura. En esta topología de la miseria, la adquisición de competencias es un intento desesperado de traccionar sobre una superficie de fricción nula. Esa «curva de aprendizaje» de la que tanto hablan los de Recursos Humanos no es un gráfico ascendente; son esas noches de martes a las once, con el estómago destrozado por una pizza fría que sabe a cartón, rellenando celdas de Excel que nadie va a abrir jamás. Es la sensación física de que tu cerebro se está licuando para adaptarse a la curvatura de un procedimiento burocrático absurdo. No estás «creciendo», te estás deformando. Estás alterando tu propia geometría interna para encajar en un espacio que te rechaza, reptando por la geodésica del agotamiento mientras intentas no vomitar la bilis del estrés acumulado.

Qué hartazgo, por Dios.

Y luego está el valor. Los consultores lo llaman «generación de valor», pero si aplicamos la frialdad de la estadística matemática, lo que sus jefes miden es la Información de Fisher. No se asusten, es simple: es la cantidad de varianza que pueden extraer de sus costillas antes de que colapsen. Para la empresa, ustedes no son personas, son parámetros en una distribución de probabilidad con patas. Si su presencia no reduce la incertidumbre del beneficio trimestral —si son «ruido» en la señal—, el sistema los elimina. Es el sonido de las monedas en la cartera del accionista; si no suenas, no existes.

Pero lo más terrorífico de esta geometría no es el cálculo, es la desaparición. La eliminación de la topología. ¿Recuerdan a Martínez, el de contabilidad? Ayer estaba ahí, con sus fotos de los niños y su taza de café con una frase motivacional estúpida. Hoy, su sitio es un agujero negro de información. He pasado por su mesa esta mañana y la violencia de esa limpieza me ha revuelto el estómago. No quedaba nada. Ni un clip, ni una nota adhesiva, ni el más mínimo rastro biológico de que un ser humano respiró ahí durante ocho años. Solo quedaba el contorno de polvo donde antes estaba la base del monitor, una cicatriz rectangular grisácea sobre la melanina blanca. Eso es la verdadera crueldad de la métrica de Fisher: la velocidad con la que el sistema cicatriza tras la amputación. El espacio se reconfigura instantáneamente para rellenar el vacío, y la organización sigue orbitando como si Martínez nunca hubiera perturbado el campo gravitatorio de la oficina. Es una aniquilación termodinámica perfecta. Somos puntos en un gráfico que se borran con la tecla de retroceso, y el cursor ni siquiera parpadea al seguir escribiendo.

Es de locos. Vivimos bajo esta espada de Damocles estadística, sabiendo que en cualquier momento seremos el residuo de una ecuación.

Por eso, en un intento patético de mantener la cordura, nos rodeamos de tótems. Necesitamos sentir peso, materia, algo que no sea un dígito en una nube. He visto a hombres hechos y derechos, con el alma corroída por el miedo al despido, gastarse el sueldo de un mes en una pluma estilográfica de resina preciosa solo para aferrarse a ella durante las reuniones, como si fuera el único clavo ardiendo que los sujeta a la realidad. No la usan para escribir —ya nadie escribe—, la usan como un contrapeso existencial. Creen que si el objeto es lo suficientemente caro, su propia valía aumentará por ósmosis, que esa resina negra y ese oro les otorgarán una densidad que impida que la fuerza centrífuga del mercado los escupa hacia la periferia.

Pobre gente. Al final, la entropía siempre gana. La mancha de aceite en el suelo se extiende, tus zapatos resbalan, y la caída es inevitable. Mañana volverán a arrastrarse por esa superficie curva, fingiendo que avanzan, cuando solo están orbitando el sumidero. Camarero, la cuenta. Me quiero ir a casa antes de que me ponga a llorar.

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