Dicen que el “capital humano” es el activo más valioso de una empresa. Qué sarta de estupideces. Uno escucha estas frases hechas mientras apura un orujo de garrafón en el bar de la esquina, ese que huele a lejía y desesperanza, contemplando cómo los sueños de juventud se disuelven en el ácido gástrico. Una organización no es una entidad mística ni una “familia”, por más que lo repitan en las convivencias anuales con camisetas a juego; es un estómago de metal oxidado que digiere personas y escupe humo negro para que un tipo en un ático del Barrio de Salamanca pueda pagarse un viaje a las Seychelles. Es, en esencia, una máquina térmica averiada que intenta, con una desesperación patética, no convertirse en ceniza antes de que venza el plazo del próximo préstamo personal.
Si escuchan a un consultor con traje de poliéster brillante hablar de “sinergia” o “liderazgo líquido”, imaginen el sonido de un retrete atascado en un área de servicio de la autopista. Lo que están presenciando no es gestión, es el balbuceo de alguien que ignora que su oficina es una anomalía estadística, un error en la matriz del caos que lucha contra la implacable degradación de la energía. No hay “misión” ni “visión”, solo hay un montón de gente sudando en cubículos estrechos bajo luces fluorescentes que parpadean, mientras el aire acondicionado, ese aparato ruidoso y amarillento que no se ha limpiado desde la crisis del 2008, intenta inútilmente enfriar el odio acumulado durante ocho horas de llamadas vacías.
Basura Térmica
Para que una empresa sobreviva, para que mantenga esa fachada de orden cristalino que llaman “cultura corporativa”, debe vomitar mugre hacia afuera. Es una ley física, no una opción ética. El orden interno —ese Excel inmaculado, esas diapositivas con gráficos ascendentes que nadie se cree— se paga con el caos absoluto que se arroja sobre los hombros de los demás. Es como el vecino que limpia su casa lanzando los envoltorios de la cena precocinada y las latas de cerveza al patio interior del bloque; su salón brilla, sí, pero el edificio entero huele a descomposición y rata muerta. Esa es la externalidad: el coste térmico de que tu chiringuito de venta de humo parezca eficiente mientras el mundo alrededor se calienta un grado más y los ríos bajan color chocolate.
Miren a ese mando intermedio con la mirada perdida y la corbata floja. Su cerebro está quemando glucosa barata —probablemente de una máquina de vending— para organizar una reunión donde se decidirá el tono de azul de un logotipo que a nadie le importa. Esa energía no se aprovecha, se degrada en un calor estúpido que solo sirve para empañar los cristales de las gafas de sus subordinados. Es exactamente lo mismo que cuando compras unas botas de cuero artesanal de 800 euros pensando que te darán estabilidad vital y estatus, cuando en realidad solo son dos trozos de animal muerto apretándote los juanetes con saña mientras caminas bajo la lluvia hacia un cajero automático que siempre, invariablemente, te deniega el saldo. La gestión moderna es el intento ridículo de retrasar el enfriamiento del cadáver que es tu carrera profesional mediante la compra de fetiches caros.
Qué estupidez.
Estructuras Disipativas
Hablemos de Ilya Prigogine, aunque dudo que en el consejo de administración sepan quién es —probablemente piensen que es una marca de vodka—. Una empresa es una estructura disipativa: un sistema alejado del equilibrio que necesita tragar energía (dinero de inversores incautos, cafeína, horas de sueño robadas a la familia) para no desintegrarse en el polvo. Pero el truco cruel de la termodinámica es que para mantener el orden local, debes aumentar el desorden global. El estrés del empleado que llega a casa y grita a sus hijos, la contaminación acústica, la ansiedad generalizada; todo es calor residual.
Es como comerse un cocido madrileño completo en una terraza de agosto a cuarenta grados a la sombra. El placer es local y momentáneo, una alucinación grasa, pero el esfuerzo titánico que tu cuerpo debe hacer para procesar esa masa de legumbres y tocino genera un calor interno que te obliga a sudar como un convicto picando piedra. La empresa es el comensal glotón, y la sociedad es la camiseta empapada de sudor rancio que nadie quiere lavar.
A veces veo a gente gastando fortunas en una silla ergonómica de diseño de 2.500 euros creyendo que “optimizará su postura” frente al abismo. Es el colmo del absurdo termodinámico: gastar el salario de dos meses en un mueble que solo sirve para que tu espalda esté recta mientras te encorvas moralmente ante un jefe que no sabe abrir un PDF. Un monumento al gasto inútil de energía en un sistema cerrado.
Colapso Informativo
Desde la óptica de la degradación absoluta, podemos medir cuántos días le quedan a una empresa antes de que el hedor sea insoportable. Cuanto más compleja es la burocracia, más ruido genera el sistema. Llega un momento en que el ruido es tan ensordecedor que ya no se oye la realidad, ni siquiera los gritos de auxilio de la contabilidad. Las reuniones se convocan para analizar por qué las reuniones anteriores no sirvieron para nada, generando actas que nadie lee y que ocupan servidores que calientan el planeta. En ese punto, la empresa ya no produce servicios ni productos; produce entropía pura, como un motor gripado que sigue consumiendo gasolina a paladas mientras echa chispas y humo negro por el capó, asfixiando a todo el que pase cerca.
La sostenibilidad es un cuento de hadas para adultos que no quieren aceptar que el universo es un sistema cerrado que se encamina, lenta pero inexorablemente, hacia el silencio absoluto y el frío eterno. No puedes crecer un 10% anual sin que algo, en algún lugar, se muera de frío, de hambre o de asco. Pero claro, intenten explicarle esto a un CEO que cree que su destino está escrito en las estrellas porque usa una pluma estilográfica que cuesta más que el coche de su secretaria. El universo no tiene sentimientos, solo tiene gradientes de energía que se nivelan con la crueldad indiferente de una guillotina.
Qué ganas de que se apague el sol de una vez.
Todo lo que construimos, desde los imperios tecnológicos hasta las hojas de cálculo con macros complejas, es solo un retraso temporal, un capricho estadístico en un cosmos que prefiere, por encima de todo, la paz definitiva de la nada. No somos arquitectos del futuro; somos simples chispas en un incendio forestal que se creen con derecho a opinar sobre la dirección del viento antes de extinguirse para siempre.

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