Miren esta mancha en la barra. Sí, esta de aquí, pegajosa, una mezcla repugnante de ginebra barata y la grasa de mil codos derrotados que han descansado en este mismo sitio antes que yo. Ustedes ven suciedad, una falta de higiene; yo veo ruido de información puro, la única verdad tangible en este universo entrópico que insiste en desmoronarse. Dejen de mirarme con esa cara de vacas viendo pasar un tren y escuchen, porque no voy a repetir esto cuando el alcohol termine de disolver lo poco que queda de mi corteza prefrontal.
Todo el mundo allá afuera, con sus trajes de poliéster mal cortados y sus ínfulas de “profesionales”, se llena la boca hablando de productividad. Qué palabra tan obscena. “Productividad” no es más que el eufemismo quirúrgico que usan los dueños del capital para calcular matemáticamente cuánta manteca pueden exprimir de sus carnes tristes antes de que colapsen por un infarto masivo. Ustedes creen que al ganar “experiencia” están creciendo como seres humanos, ascendiendo una montaña mística de sabiduría y competencia. Qué ternura me provoca su ignorancia. Lo único que están haciendo es una optimización estadística brutal y despiadada. Adquirir una habilidad no tiene nada de noble ni de heroico; es simplemente el proceso biológico de dejar de chocar contra las paredes como un borracho buscando el inodoro en la oscuridad, guiado únicamente por la urgencia de una diarrea inminente provocada por el garrafón. Es supervivencia básica, no arte.
Es patético, de verdad. Su cerebro, ese órgano perezoso que consume demasiada glucosa y que odia trabajar, solo quiere minimizar la sorpresa. Aprender es matar la incertidumbre. Y para lograr esa anestesia, para fingir que tienen el control sobre el caos de sus vidas laborales, ustedes se rodean de tótems ridículos. Se compran un reloj inteligente de mil quinientos euros que no es más que un grillete de lujo para la muñeca, un carcelero digital que les dice a qué hora durmieron mal y cuántos pasos les faltan para no morir prematuramente, mientras su cuenta bancaria se desangra y su alma se seca. Creen que la herramienta hace al maestro, pero solo están decorando su propia jaula con luces LED.
Hablemos de geometría, pero no de la euclidiana plana y aburrida que les enseñaron en el colegio. Hablemos de variedades riemannianas. Su vida laboral no ocurre en un plano justo donde el esfuerzo es igual a la recompensa. No, mis queridos sufridores, ustedes se arrastran por una superficie curva, retorcida por la gravedad de la deuda y la incompetencia sistémica. Imaginan que si trabajan duro durante diez años —esa línea recta ilusoria— llegarán a la prosperidad. Pero el espacio-tiempo de su oficina está tan deformado que la línea recta no existe. La distancia más corta entre dos puntos, la geodésica que sus patéticas carreras siguen, es una espiral descendente hacia el pozo de las horas extras no pagadas y la irrelevancia absoluta.
Es la curvatura del sistema la que hace que, por más que corran, siempre terminen en el mismo sitio: contando las monedas de cobre con los dedos temblorosos a fin de mes, preguntándose adónde se fue su juventud y por qué el alquiler sube más rápido que su dignidad. Es un pozo de hormiga león; la geometría misma de la economía moderna está diseñada con una métrica tal que cada paso que den hacia la supuesta “libertad financiera” los deslice dos pasos hacia el fondo del agujero de la precariedad. Intentan corregir su trayectoria comprando un teclado mecánico de edición limitada para escribir informes que nadie leerá, pensando que el “clic-clac” satisfactorio de los interruptores silenciará el grito de su propia vacuidad. Es cosméticamente agradable, sí, pero topológicamente inútil. Están intentando salir de un agujero negro usando una escalera de mano.
Y esa rabia que sienten… ah, esa es la parte deliciosa. La métrica de información de Fisher. ¿Saben lo que es? Es la forma en que medimos la distancia entre distribuciones de probabilidad en este colector estadístico que llamamos existencia. Piensen en la furia homicida que les invade cuando están en la cola del supermercado y la anciana de delante decide pagar setenta céntimos en monedas de uno, contándolas con una lentitud geológica, una por una. Esa ira no es simple impaciencia; es su cerebro calculando frenéticamente la divergencia de Kullback-Leibler entre la realidad actual y el estado deseado de “estar ya en casa emborrachándose para olvidar”. La maestría, la experiencia, la adultez… todo eso es solo reducción de entropía. Convertirse en un experto es convertirse en una máquina térmica eficiente, un sistema frío que ya no siente, que ya no se sorprende, que simplemente ejecuta algoritmos para minimizar el rozamiento con la realidad. Un cadáver funcional que paga impuestos y sonríe en las reuniones de Zoom.
Qué cansancio absoluto. La termodinámica siempre gana, no hay salida. El desorden aumenta, el hielo de mi copa se derrite diluyendo este veneno, y yo… yo creo que la gravedad local acaba de aumentar drásticamente en la zona de mi silla, o quizás es solo que el suelo ha decidido subir a saludarme.

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